Trinidad(v.2) by Leon Uris

Trinidad(v.2) by Leon Uris

Author:Leon Uris
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_history
Published: 2011-03-19T23:00:00+00:00


14

Nadie sabía con certeza que fuesen las cuatro y media de la mañana, pero cuando llegaba esta hora, el movimiento empezaba de una manera automática. Estos días la casita de dormitorio único de Sparrow Lane, edificada el siglo XVIII, estaba menos atestada, pues de los ocho hijos de los Tully sólo quedaban en ella dos hijas. Los padres, Henry y su esposa Bessie, ocupaban el dormitorio. Peg, que era la hermana mayor, su marido y los cuatro hijos dormían en la salita.

A cambio del privilegio de estar en la intimidad de una alcoba de la cocina separada por una manta, Maud y Myles debían ser los primeros en levantarse. Pasaban la noche abrazados, y así resistían hasta el último instante, con el niño pataleando furiosamente en las entrañas de Maud, que estaba al final de su séptimo mes. Maud se sentaba en el colchón, parecía más pequeña, la mitad de como era antes, con los delgados brazos y los reducidos senos más achicados todavía por la enormidad del vientre. Luego ambos se vestían en silencio, realizando los movimientos típicos, entrenados desde mucho tiempo atrás, de las personas que viven en una morada muy apretujada y se despiertan entre tinieblas.

Myles recogía del suelo el colchón y las ropas de la cama, lo enrollaba todo y lo metía bajo la escalera, mientras su esposa se iba al patio trasero a iniciar el desfile hacia el retrete y la bomba de agua entre el frío de los primeros minutos del amanecer.

Bessie, Peg y la hija de ésta, Deirdre, que había empezado a trabajar en la fábrica, desayunaban con sobras de cerdo picadas y patatas. Despachaban el condumio adormiladas, enrojecidos los ojos, en un estupor matutino amenizado por Henry Tully, que dormía la borrachera eterna disparando un bombardeo de ronquidos. También el marido de Peg se quedaba en la cama, con los tres hijos restantes formando ovillo en un solo colchón.

Cuando terminaron las tres primeras, Maud y Myles ocuparon la mesa y desayunaron con un huevo; uno de los dos con que se regalaban todas las semanas. Maud guardaba en el limpio bolsito de la compra un almuerzo consistente en salchicha de cerdo, una patata, una manzana y té. Luego encendía la linterna y salía a hundirse en la oscuridad, cuyo frío le helaba el aliento. Myles acompañaba siempre a su esposa a la fábrica, aunque la fragua tardaría casi dos horas en abrir sus puertas. Myles las pasaba haciendo trabajo extraordinario, si lo había, o en la oficina de Conor, estudiando gaélico o leyendo algún libro de los muchísimos que Conor tenía sobre hierro labrado.

Arriba y abajo de las calles brillaban las linternas mientras las mujeres dirigían sus pasos hacia Witherspoon & McNab y las otras fábricas e hilanderías para el turno que empezaba a las seis, en una procesión que más bien parecía una comitiva fúnebre. Deirdre, la sobrina de Maud, acababa de cumplir los once años y había pasado a engrosar el triste desfile junto con centenares de muchachas del Bogside que abandonaban la niñez para echarse en las fauces de las fábricas y talleres de Londonderry.



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